miércoles, 8 de octubre de 2014

Niños y asertividad, una buena dupla

Niños y asertividad, una buena dupla
Carina CaboDoctoranda y Prof. Cs. de la educación Prof. en Filosofía, Psicología y Pedagogía. Diplomada y Esp. en Gestión educativa.
 La asertividad es la capacidad de saber responder en el o y en la forma correcta. Una persona tiene una conducta asertiva cuando defiende sus propios intereses y expresa sus opiniones libremente y no permite que los demás se aprovechen de ella.
La ventaja de ser asertivo es que puede obtenerse lo que se desea sin ocasionar trastornos a los demás. Siendo asertivo se puede actuar a favor de los propios intereses sin sentirse culpable o equivocado.
Cómo ayudar a un niño para ser asertivo:
- Enseñarle a manifestar sus sentimientos y pensamientos, expresando comprensión hacia las posturas, sentimientos y demandas de los otros.
- Aprender a pedir favores, expresando el problema para ser modificado
- Saber expresar sus sentimientos en el lugar y momento oportuno y, además, gratitud, afecto y comprensión a quien corresponda
- Reforzar las capacidades. Cuando el niño se comporte de forma correcta, es adecuado dirigir un halago hacia él: "muy bien, has demostrado que eres capaz para controlar la situación y decidir por ti mismo"
Los adultos son quienes deben transmitir seguridad, confianza en que el problema tiene solución y tienen que ser los primeros en ayudarlos. Los niños serán asertivos cuando sus padres estén seguros de sí mismos y confiados en su autoridad.
Para ayudarlos, es necesario rescatar la inteligente emocional, la habilidad para percibir adecuadamente las emociones, propias y ajenas; es decir destacar el conjunto de destrezas, actitudes, habilidades y competencias que inciden en nuestra conducta, en nuestras reacciones; es la capacidad de reconocer nuestros propios sentimientos y los de los demás, de motivarnos y de manejar adecuadamente las relaciones.
Si bien la escuela, en general, tiene tendencias reproductivistas, esto es, repetir contenidos y metodologías año tras año, muchas veces descontextualizados, hay formas de colaborar, al menos desde cada lugar, por pequeño que fuere, para el desarrollo de la inteligencia emocional.
La estimulación precoz es considerada muy importante en el desarrollo de las habilidades cognitivas. Dichos estímulos se transformarán en significaciones aportando a la mejora de las posibilidades de cada uno y a ser flexible ante el mundo.
Algún camino para lograrlo podría ser: percepción de las necesidades, de las motivaciones e intereses de los alumnos, ayudarlos a que establezcan objetivos personales, facilitar a los procesos de toma de decisiones y responsabilidad personal, orientación personal, establecimiento de un clima emocional positivo, ofreciendo apoyo personal y social para aumentar la autoconfianza.
Para ello el docente deberá conocer y reconocer las emociones de los alumnos, ayudar a gestionar la emocionalidad, prevenir conductas de riesgo, desarrollar la resiliencia, adoptar una actitud positiva ante la vida, prevenir conflictos interpersonales y mejorar la calidad de vida escolar.
Para conseguir esto quizás hace falta la figura de un nuevo docente o tutor, con un perfil distinto al que estamos acostumbrados a ver comúnmente, que aborde el proceso de manera eficaz para sí y para sus alumnos. Deberá convertirse en modelo de equilibrio de afrontamiento emocional, de habilidades empáticas y de resolución serena, reflexiva y justa de los conflictos interpersonales, como fuente de aprendizaje para sus alumnos.
La innovación no es tarea fácil. Sin embargo, aferrarse a viejas ideas o planificaciones que ya no aportan nada, llevarán al camino de la rigidez e inflexibilidad. Por tanto tomar postura en este sentido, permitirá tener libertad de jugar con las ideas y materiales, incluso con cosas irrelevantes o fantasías.
Pero el desarrollo de la inteligencia emocional no es sólo una tarea de la escuela, sino que depende, también, del ámbito familiar en el que se encuentran los niños.
Los padres pueden ayudar a: identificar debilidades y conflictos internos; reconocer y controlar las propias emociones y sentimientos, desarrollar la tolerancia a las frustraciones diarias, promover el cambio y la transformación personal, generar o aumentar capacidades y competencias, alentando a sus hijos en lo que les gusta; encontrar formas de enfrentar temores, ansiedad, ira, tristeza, soledad, culpa, vergüenza y ayudarlos a crecer aprendiendo a enfrentar las crisis.
Familia y escuela podrán confluir a formar en los niños confianza en sí mismos, curiosidad por descubrir y fomentar la sensación de sentirse capaces de hacer, de comunicar lo que piensan y sienten.
Hay formas de ser en el hogar y en la institución escolar que los niños irán incorporando, especialmente en los primeros años de vida. Padres y docentes, principales responsables de esta etapa, no deben dejar pasar esta oportunidad.

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