martes, 11 de noviembre de 2014

Aprender a confiar en los niños

Aprender a confiar en los niños

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La presión social es uno de los mayores obstáculos para establecer una crianza conectada y consciente. Un reto olímpico a superar en la crianza consiste en darnos cuenta y superar el modo en que dependemos y la intensidad con que nos afectan las opiniones externa. Es un desafío mayor, registrar lo discapacitados que nos encontramos como progenitores para tomar decisiones propias, escuchando la voz del corazón, siguiendo la propia intuición en conexión con las señales que nos da nuestro hijo -quien es siempre un libro abierto- al margen de lo que digan profesionales sanitarios, expertos u opinólogos de oficio (que si ya es muy grande para pegarse a la teta… que si es hora de que ese bebé duerma en solitario o nunca lo sacarás de tu cama… que si hay que darle una nalgada… que si mándala a la silla de pensar o esa niña se convertirá en un monstruo… que si lo consientes demasiado lo vas a malcriar…). Opiniones a menudo brindadas con buenas intenciones pero que interfieren en la posibilidad de que los padres logren escucharse a sí mismos y escuchar a sus hijos estableciendo interacciones saludables capaces de proteger y fomentar el sano desarrollo de sus peques.
La confianza en la capacidad de autorregulación de los niños ha sido profundamente minada poruna civilización adultocentristas que impone ritmos y exigencias alejadas de las necesidades naturales de las criaturas. Una cultura en la que circula mucha información falsa sobre las reales necesidades del niño, organizada sobre mitologías, idearios que engendran perspectivas erradas acerca de lo que podemos o no esperar en cada momento evolutivo de los peques. Una sociedad que nos aleja de la intuición y la sabiduría ancestral desde donde siempre sabemos cómo actuar (si el bebé llora el impulso primario nos mueve a consolar, en lugar de dejarlo llorando “para que no se malcríe”, etc.). Un mundo que nos ha condicionado a entender a los niños como seres inherentemente malos (nacen con el pecado original, etc.), o como pequeños tiranos o monstruos a quienes debemos doblegar para que no se conviertan en seres perversos. Una civilización atravesada por el abuso de poder impuesto desde el más fuerte hacia el más débil, que nos hace valorar a los niños como seres inferiores, a quienes debemos dar sistemáticamente órdenes, pegar, gritar, castigar…, en lugar de explicar, informar con paciencia, siempre respetando su integridad como personas. Resignificar la mirada que hemos construido sobre la infancia, para comenzar a validar y confiar en la bondad y las capacidades de las criaturas, exige un cambio de paradigma.
Para saber qué hacer a la hora de criar, bastaría con confiar en los pedidos del niño. Cuando necesita brazos, mirada, atención, presencia segurizante, aceptar y valorar como reclamos legítimos en lugar de creer que lo hace para manipular (porque los niños son pequeños tiranos) Bastaría con confiar en las pistas que nos dan cuando están listos para dejar el pañal o dormir en su propia habitación, en lugar de que sea el pediatra, la suegra o el psicólogo el que marque el momento. Bastaría con hacer el esfuerzo de empatizar y conectar para saber que están cansados, molestos, asustados, necesitados de consuelo en lugar de creer que lo hacen por malcriados o para manipular. Metódicamente, desoímos los mensajes transparentes que nos dan nuestros hijos, al tiempo de que se nos hace muy fácil plegarnos a las creencias o exigencias que impone la presión social.
La pregunta que necesitamos hacernos los adultos, es ¿por qué no somos capaces de confiar en el niño? Probablemente la causa se remita a la propia infancia carente de amparo y maternaje amoroso.
Cuando no contamos con un lugar emocional desde donde notar que es legítimo amar y confiar incondicionalmente en el niño, cuando no encontramos referentes de maternaje amoroso e incondicional en nuestra propia infancia, nos cuesta sentir y aceptar que la criatura actual a nuestro cargo pide lo que legítimamente necesita. Entonces siempre habrá un otro (experto u opinólogo) que tiene la respuesta.

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