sábado, 22 de noviembre de 2014

¿Qué son los disfraces matemáticos en CIME?


La invención de disfraces en las escuelas CIME ha sido una demostración del dominio que tienen los alumnos en el manejo de los signos de las operaciones fundamentales para construir resultados. Por lo general les enseñamos a sumar, restar, multiplicar y dividir como una mera mecanización, o sea que no hay la finalidad de que el alumno utilice lo aprendido para resolver problemas cotidianos o, mejor aún, que invente problemas relacionados con la vida real.
Los alumnos, al inventar disfraces, ya están jugando a acomodar signos para obtener un determinado resultado. Por ejemplo:
18-9+4+25 -29 =15
El alumno acomoda cantidades al mismo tiempo que realiza el cálculo mental, de esta manera va obteniendo subtotales que lo llevan a un resultado propuesto por él mismo. Puede seguir operando de acuerdo a su capacidad de retención, pues tiene que tener presente el último resultado para poder agregar otra u otras cantidades. No hay límites de términos para inventar un disfraz, tenemos otro ejemplo:
30 x 50 + (1/2 de 6) - (25% de 4000) - (1/2 de 6) - (25% de 1000) - (25% de 200) - 196 = 4
Podemos observar que se está haciendo un manejo muy seguro del 25% de diferentes cantidades, y aunque el proceso es bastante largo, el resultado es muy pequeño. Este disfraz es de un alumno de sexto grado, y nos damos cuenta de que no le fue tan importante el resultado, sino el proceso matemático para llegar al final. 

martes, 11 de noviembre de 2014

Aprender a confiar en los niños

Aprender a confiar en los niños

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La presión social es uno de los mayores obstáculos para establecer una crianza conectada y consciente. Un reto olímpico a superar en la crianza consiste en darnos cuenta y superar el modo en que dependemos y la intensidad con que nos afectan las opiniones externa. Es un desafío mayor, registrar lo discapacitados que nos encontramos como progenitores para tomar decisiones propias, escuchando la voz del corazón, siguiendo la propia intuición en conexión con las señales que nos da nuestro hijo -quien es siempre un libro abierto- al margen de lo que digan profesionales sanitarios, expertos u opinólogos de oficio (que si ya es muy grande para pegarse a la teta… que si es hora de que ese bebé duerma en solitario o nunca lo sacarás de tu cama… que si hay que darle una nalgada… que si mándala a la silla de pensar o esa niña se convertirá en un monstruo… que si lo consientes demasiado lo vas a malcriar…). Opiniones a menudo brindadas con buenas intenciones pero que interfieren en la posibilidad de que los padres logren escucharse a sí mismos y escuchar a sus hijos estableciendo interacciones saludables capaces de proteger y fomentar el sano desarrollo de sus peques.
La confianza en la capacidad de autorregulación de los niños ha sido profundamente minada poruna civilización adultocentristas que impone ritmos y exigencias alejadas de las necesidades naturales de las criaturas. Una cultura en la que circula mucha información falsa sobre las reales necesidades del niño, organizada sobre mitologías, idearios que engendran perspectivas erradas acerca de lo que podemos o no esperar en cada momento evolutivo de los peques. Una sociedad que nos aleja de la intuición y la sabiduría ancestral desde donde siempre sabemos cómo actuar (si el bebé llora el impulso primario nos mueve a consolar, en lugar de dejarlo llorando “para que no se malcríe”, etc.). Un mundo que nos ha condicionado a entender a los niños como seres inherentemente malos (nacen con el pecado original, etc.), o como pequeños tiranos o monstruos a quienes debemos doblegar para que no se conviertan en seres perversos. Una civilización atravesada por el abuso de poder impuesto desde el más fuerte hacia el más débil, que nos hace valorar a los niños como seres inferiores, a quienes debemos dar sistemáticamente órdenes, pegar, gritar, castigar…, en lugar de explicar, informar con paciencia, siempre respetando su integridad como personas. Resignificar la mirada que hemos construido sobre la infancia, para comenzar a validar y confiar en la bondad y las capacidades de las criaturas, exige un cambio de paradigma.
Para saber qué hacer a la hora de criar, bastaría con confiar en los pedidos del niño. Cuando necesita brazos, mirada, atención, presencia segurizante, aceptar y valorar como reclamos legítimos en lugar de creer que lo hace para manipular (porque los niños son pequeños tiranos) Bastaría con confiar en las pistas que nos dan cuando están listos para dejar el pañal o dormir en su propia habitación, en lugar de que sea el pediatra, la suegra o el psicólogo el que marque el momento. Bastaría con hacer el esfuerzo de empatizar y conectar para saber que están cansados, molestos, asustados, necesitados de consuelo en lugar de creer que lo hacen por malcriados o para manipular. Metódicamente, desoímos los mensajes transparentes que nos dan nuestros hijos, al tiempo de que se nos hace muy fácil plegarnos a las creencias o exigencias que impone la presión social.
La pregunta que necesitamos hacernos los adultos, es ¿por qué no somos capaces de confiar en el niño? Probablemente la causa se remita a la propia infancia carente de amparo y maternaje amoroso.
Cuando no contamos con un lugar emocional desde donde notar que es legítimo amar y confiar incondicionalmente en el niño, cuando no encontramos referentes de maternaje amoroso e incondicional en nuestra propia infancia, nos cuesta sentir y aceptar que la criatura actual a nuestro cargo pide lo que legítimamente necesita. Entonces siempre habrá un otro (experto u opinólogo) que tiene la respuesta.

jueves, 6 de noviembre de 2014

¡Bienvenidos los cambios!

Para crecer como personas y ser más felices hemos de abrazar y aprovechar los cambios de rumbo, a veces bruscos, que surgen en nuestra vida. Temerlos es contraproducente y paralizante. Evitarlos, es imposible.
EPA/CHRISTOPHER JUEEPA/CHRISTOPHER JUE
Cuando el viento y las olas cambian de dirección o se agitan hay que ajustar las velas y dar un golpe de timón. Intentar que el barco permanezca igual o no hacer nada para adaptarse a la nueva situación, sólo aumenta la zozobra y el riesgo de naufragar.
Algo similar ocurre en la vida de las personas, cuando se avecinan o producen cambios importantes, según Miriam Rocha Díaz, psicóloga clínica y docente del Instituto Terapéutico de Madrid, ITEMA.
“En general cualquier cambio produce incertidumbre porque implica una modificación en las contingencias o circunstancias de nuestro entorno a las que estamos acostumbrados. Y la incertidumbre genera cierto temor, al menos al principio, hasta que volvemos a conocer y a tener control sobre la nueva situación”, explica Rocha.
Según esa psicóloga especializada en modificación de la conducta, “lo que conocemos nos tranquiliza (al saber cómo debemos actuar), pero lo que se desconoce, inicialmente, resulta amenazante porque puede ser potencialmente negativo, al menos hasta que se demuestre lo contrario”.
“Todo cambio nos genera cierto miedo o activación porque nos obliga a adaptarnos a las nuevas condiciones del entorno. Ese temor puede aumentar si, además, el cambio se vislumbra negativo, pues habrá que prepararse para seguir adelante en circunstancias peores a las precedentes, lo cual supone un coste adicional para la persona: emocional, físico, en calidad de vida, bienestar y seguridad…”, asegura la psicóloga.
“Pero incluso aquellos cambios que consideramos que serán algo beneficioso y deseamos emprender suelen generar ese desasosiego o activación interna pues, aunque sospechamos que el desenlace será positivo, siempre existe ese factor de “riesgo” ante la decisión de dejar algo conocido por algo nuevo, e incertidumbre ante el resultado”, añade la experta de ITEMA.
Además –según Rocha- adaptarse a un cambio buscado o sobrevenido siempre cuesta un esfuerzo, que será mayor o menor, dependiendo de diversos factores, como las circunstancias externas a la persona, los recursos de afrontamiento que haya desarrollado y si dispone de apoyos que le ayuden en el proceso de adaptación.

Afrontar en vez de evitar

“La mejor actitud ante un cambio es enfrentarse a él de forma activa, en lugar de evitarlo”, explica la psicóloga clínica.
“Evitar es dar la espalda a los problemas, en mirar hacia otro lado como si así fueran a desaparecer, pero en la mayoría de las ocasiones, los problema no se resuelven solos y no siempre hay otros que puedan solucionarlos, por lo que es mejor esforzarse por abordarlos uno mismo”, aconseja Rocha.
En cambio, “afrontar de forma activa consiste en mirar al problema de frente y buscar soluciones. Esto se puede hacer de forma más o menos racional y planificada y con más o menos garantías de éxito, según cada persona y en función de si se utiliza métodos de toma de decisiones estructurados”, añade.
Aceptar y enfrentarse a los cambios, circunstancias y decisiones como una parte de la vida “nos ayuda a disfrutar de los logros y consecuencias positivas que se deriven de ellos, mientras que evitarlos nos convertirá en objetos a expensas de los factores externos”, según Miriam Rocha.
“A medida que nos exponemos a situaciones que requieren estrategias de afrontamiento para salir hacia adelante vamos aprendiendo, pero si eludimos esas circunstancias, nunca aprenderemos nada y siempre nos veremos abrumados por los problemas, las decisiones a tomar y las responsabilidades a asumir”, señala la experta.
Esta psicóloga ha comprobado que “ante la incertidumbre que genera el cambio, solemos anticipar sus resultados, pero muchas de esas anticipaciones son erróneas y, cuando se fundamentan en nuestros miedos, nos pueden bloquear, dejándonos anclados en lo que ya conocemos o a expensas del vaivén de las circunstancias”.
“Hay que perder nuestros miedos, descubriendo nuestras capacidades y aprendiendo que en la mayoría de ocasiones aquello que temíamos no se cumple”, señala.

Visión realista y positiva

Según la psicóloga, “también será de gran ayuda adoptar una actitud realista y positiva, entendiendo el cambio como parte de la vida y no como un obstáculo insalvable, en vez de repetirnos a nosotros mismos ideas negativas y anticipaciones catastrofistas que nos impedirán analizar adecuadamente la situación y reaccionar ante ella del modo más beneficioso”.
“Lo que está claro es dejar que nuestros miedos nos paralicen puede cortarnos mucho las alas e impedirnos descubrir lo que otros modos de vida (situaciones, parejas, trabajos…) nos deparan”, remata Rocha.
Para el psicólogo  Guillermo Leone, docente del Centro Gestáltico San Isidro, CGSI, en Buenos Aires, Argentina, perder el miedo al cambio es un modo de apostar en pro de la felicidad, algo que no es fácil, pero sin embargo es posible.
Según Leone, el ser humano trata de vivir según la ley del menor esfuerzo y un cambio le obliga a reconfigurar el mundo conocido; cada persona “tiene mapas o interpretaciones del mundo que conoce y cambiar le obliga a hacer una nueva cartografía, lo cual requiere un gran gasto de energía”.
“Todo corte o cambio en la vida, como dejar un trabajo, un vínculo o cualquier actividad que nos saque de nuestro día cotidiano, representa un triple duelo: “por lo que tuve y ya no tengo, por mi cotidianeidad presente y por lo que soñé y ya no será”, ha explicado este profesional.
Según este psicólogo, el miedo al cambio tiene una raíz fisiológica que se implanta al nacer, ya que “en el vientre materno nuestras necesidades están satisfechas, no sentimos hambre ni presiones y todo es armonía y, de golpe, nos sentimos oprimidos y atravesamos una experiencia extrema: el parto”.
El profesor del CGSI señala que “el bebé sufre la compresión del nacimiento, que queda grabado en su memoria como un prototipo fisiológico del cambio”.
Más adelante, cuando ya somos jóvenes o adultos, sentimos angustia ante los cambios porque nuestro cuerpo recuerda aquella primera experiencia angustiante de la angostura del canal del parto, y experimentamos “otros concomitantes fisiológicos como la falta de aire, el nudo en la garganta, la opresión en el pecho y la aceleración del ritmo cardíaco”, de acuerdo a Leone.

Fuente: http://www.efesalud.com/noticias/bienvenidos-los-cambios/